martes, 1 de septiembre de 2009

Conexion inconsciente: Capitulo 3



Capítulo 3: Conociéndonos a fondo

Nos quedamos callados unos minutos. A veces le echaba miradas de reojo, y siempre que lo hacía él estaba mirándome sin vergüenza alguna. Mientras, yo me ruborizaba, y me quedaba roja como un tomate durante unos minutos, luego se me pasaba hasta que volvía a mirarle otra vez. Vi como el edificio se iba apareciendo poco a poco a nuestra vista, y yo inconscientemente subí la mirada hasta la ventana de mi piso. Paré el coche enfrente, ya que estaba libre de vehículos.
Me bajé del coche sin demora.
-¿Te apetece subir? El piso, como bien te dije antes, no está muy... lleno, ni ordenado, pero sería de mala educación no invitarte y -me paré unos segundos para tomar aliento-¿quieres subir o no? -pregunté más tajante.
-Si, me gustaría conocer los alojamientos de la dama a la que le turbo los sueños. -dijo lentamente, esperando mi reacción.
-No te pases de listo, si quieres subir date prisa, no tengo todo el día, y tengo hambre.
-Vale, vale. -dijo alzando las manos, creando una barrera imaginaria.
Cerré el coche en cuanto él cerró la puerta, y entré en el edificio. Me dirigí hacia el ascensor.
-Te hará bien un poco de ejercicio, ¿o es que no puedes ni ganarme en una carrera, en la que solo tu sabes la meta?
-Haría cualquier cosa para cerrarte esa gran bocaza que tienes. -dije entrecerrando los ojos.
-¿Cualquier cosa? -preguntó mientras se formaba una sonrisa traviesa en su casa, y el brillo pícaro de sus ojos tampoco me pasó desapercibido.
-Tú...eh...me has entendido bien. -dije fingiendo una pésima indiferencia ante sus dobles intenciones.
Paso a su lado corriendo, haciéndole ver que no era ninguna muñeca de porcelana, ni ninguna chica temerosa de perder una uña. Él, casi sin yo verlo, desaparece delante de mi a una velocidad pasmosa. Miro hacia mis espaldas estupefactas, y por un segundo me olvido de que estoy subiendo acelerada las escaleras y tropiezo. Pero antes de llegar al suelo unos brazos me rodean la cintura.
-Hay que asegurarse antes de hablar, preciosa -dijo susurrando en mi oído.
Toda mi cara se puso roja como un tomate. No le miré a la cara en todo el trayecto hacia mi piso. Él se reía cómodamente detrás de mí. Llegué a la puerta de mi casa, y abrí sin dilación.
Mi piso estaba más o menos ordenado. En la entrada hay un cutre perchero que solo aguanta el peso de dos chaquetas, y por lo demás está vacío. La salita, que viene a continuación, consta de un sofá, y un cuadro colgado sobre la pared desnuda. Toda la casa estaba sin pintar. A mi derecha estaba la cocina, con muebles, pero sin comida, ni accesorios ni nada. Y enfrente, estaba mi habitación con un baño bastante grande. No era nada especial, pero a mi me gustaba.
Me quedé quieta, esperando su reacción. Pero él no se movió. Por una parte, le agradezco que no diga nada, por una razón desconocida, creo k no podría soportarlo. Me giro hacia él, mordiéndome el labio inferior.
-Bueno, pues ésta es mi casa, como ya te dije, no es que haya mucha cosa. Poco a poco iré ahorrando dinero. Espero que cuando termine el curso, allá un lugar más o menos acogedor. –una risa nerviosa salió de mis labios, él no dijo nada- ¿Quieres sentarte? Yo tardo un momento.
Se sentó sin mediar palabra. No se como tomármelo, ¿Qué estará pasando por esa cabecita? Quién sabe…
Voy hasta la habitación, i cojo el móvil, de dentro de la mesita. La cartera estaría en el bolso que llevé ayer. Lo busqué detenidamente pero no lo encontré.
-¿Buscas esto? –preguntó una voz detrás mía.
Veo a Leo con una sonrisa de suficiencia agarrando mi bolso. Lo intento coger, pero lo levanta más. Se ríe mientras me ven de puntillas, desesperada por mi bolso. Decido recobrar la compostura, y me cruzo de brazos.
-¿Me puedes dar mi bolso? –pregunté haciendo énfasis en el “mi”.
-Cógelo –dijo con un brillo travieso en los ojos.
Le miré enfurecida, puse los brazos en jarras, esperando que así me devuelva el bolso, pero no lo hace. Por una vez, hago lo que me da la gana y voy a por él. Leo se ríe mientras recorre la habitación corriendo. Después de un par de minutos corriendo por el mismo recorrido una y otra vez. Mi respiración entrecortada no impide que siga estando furiosa, sigo corriendo, hasta que una fuerza invisible, nos tira a los dos hacia la cama. Él se queda encima mío, y a mi me suben, por décima vez en éste día, todos los colores.
-¿Te puedes levantar, por favor? –dije haciendo entrever mi enfado.
-No quiero. –una risa salió de sus labios- ¿Nadie te a dicho que estás muy guapa cuando te enfadas?
-Tengo un spray de pimienta en el bolso –solté inconscientemente.
Se carcajeó, imagino que de mí, por lo que había dicho.
-Entonces no me arrepiento de tener el bolso yo. –dijo otra vez con el brillo pícaro en su mirada.
Pero ésta vez fui yo, la que quedó prendada de ella. Él se acercó a mí, sus labios están a punto de rozar los míos. Cuando un sonido nos interrumpe. Algo vibra en su pantalón, es su móvil. Se separó de mí, sin rastro de alegría en los ojos, y yo maldije interiormente al que le había llamado.
-¿Diga? –preguntó como si ya supiera quién era su interlocutor.
Leo se dio la vuelta, y asintió varias veces con la cabeza.
-¿Qué pasó? –estaba escandalizado.
-¡¿Steve?! Más vale que no lo vea, porque si lo veo lo mato. La… -me miró significativamente-la empresa se irá al garete.
No hacía falta ser muy listo como para saber que me estaba ocultando algo. Tengo la extraña sensación de que hoy no va a haber comida con Leo. Además que esa faceta de él no me gustaba nada. Lo acababa de ver muy violento, seguramente por una tontería. Aunque eso yo no lo podía saber.
-Está bien, voy para ya. –terminó mientras colgó el móvil.
Lo que decía yo.
-Me tengo que ir Anaís.-eso ya lo sabía yo- Pero te compensaré de alguna manera. Mañana iremos a comer juntos, y a cenar. Te invitaré, lo que sea. Lo siento mucho, te recojo si quieres mañana antes de ir a clase, y luego te llevo a comer, ¿vale?
-Claro –lucí mi mejor sonrisa.
Espero que no note que la alegría se quedó muy lejos de llegar a los ojos,
-Gracias –dijo mientras se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.
Al momento se me iluminaron los ojos, y por un momento, olvidé lo acababa de pasar. De todas formas mañana estaría todo el día con él, ésa era compensación suficiente.
Un minuto después estaba sola en el piso. Decidí que no tenía hambre, así que me puse a desembalar las cajas que quedaban. Por lo menos me distraería un poco.
El resto del día fue de lo más monótono. Fui a comprar el material para el colegio, coloqué el resto de las cosas e hice los deberes de la universidad. Después como todos los días, volví a sumirme en esas pesadillas indeseadas que llenaban mi nocturnidad.
Me desperté con mucha vitalidad al día siguiente. Apagué el despertador y me levanté rápidamente. Me puse coqueta para cita –o lo que sea- que tengo hoy. Rebusqué en el armario y cogí una casaca negra acompañada de unos pantalones negros.
Salí de casa con rapidez y esperé un par minutos en la puerta. Si no llegaba en un minuto, llegaría tarde a clase. No llegaba nadie, ni rastro. Me dijirí apresuradamente al interior de mi casa para ir a buscar las llaves de mi coche. No se como me fié de él.
-¿Adónde te crees que vas? –dio una voz seductora cerca de mi oreja.
Me sobresalté y me giré. Ahí estaba Leo, me abrió cortésmente la puerta del copiloto, y el entró en la del conductor. Era un porche, era precioso. Se me quedó la boca abierta. Entré sin proferir palabra. Dentro se estaba muy bien, tenía puesta música ambiental y la calefacción. Suspiré sin saber porqué, y él me miró sonriente.
-¿Te gusta? –preguntó educadamente.
Asentí
-Es una pasada. –miré a mi alrededor fingiendo un asombro infinito.
-Me alegro de que te guste. Siento llegar tarde, no sabía que ponerme. –se sonrojó y a mi me entraron ganas de reír.
-Tranquilo, no pasa nada. –Ya no me molestaba-¿Adónde me vas a llevar a comer?
-Es una sorpresa, no te lo puedo decir –dijo encogiendo los hombres con suma indiferencia fingida.
No hablamos más en todo el trayecto. En pocos minutos llegamos a la universidad, pero no había casi nadie fuera. Salimos corriendo, y entramos en clase juntos. Todos se nos quedaron mirando, y a mi, cómo no, se me subieron los colores.
-Llegáis tarde. Espero que la próxima vez os apresuréis. –dijo la profesora Martínez con seriedad.
Asentimos y fuimos a sentarnos en el mismo sitio que ayer, pero solo quedaba uno, y el otro asiento estaba en la otra punta de la clase. Me fui a sentarme, apenada por la lejanía, pero no le di importancia, y atendí a la clase. A los pocos minutos, me pasaron una nota.

No me contaste lo de aquellos sueños que tenías. Aquéllos en los que salía también yo. ;)

Miré a Leo por el rabillo del ojo. Me estaba mirando con su media sonrisa medio habitual. Volví a sonrojarme.
-Señorita González, ¿puede leernos eso que tiene en las manos a toda la clase?
Me quedé blanca al escuchar esto.
-Preferiría no hacerlo, profesora. –murmuré.
-Pues vas a tener que hacerlo, ya. No quiero perder más tiempo con esto.
Me levanté despacio, sintiendo que me volvía a sonrojar.
-Eh, pone…que: no me contaste lo de aquellos…sueños…qu…que tenías. A-Aquéllos, e…en los que salía…eh…yo. –mi respiración se había vuelto entrecortada.
Oí un coro de risas por la clase, unos me señalaban, otros simplemente se reían. En eso momento deseé que me tragase la tierra. Notaba la mirada furiosa de mi profesora puesta sobre mi clase, y las miradas escrutadoras de la clase puestas en mí. ¿De verdad se podía hacer el ridículo tanto? Maldije a Leo interiormente, y deseé que hubiese dejado sus notas para otra que tuviese tiempo.
La presión de mi clase hacia mí, y no pude más. Salí corriendo, quizá era un acto simple de cobardía, pero no aguantaba más. Escuché el ruido de una silla en la lejanía, como si estuviese en una burbuja hermética.
Corrí desorientada por los pasillos. No tenía ni idea de por donde se iba a los baños. Las lágrimas ya bañaban mi cara. No encontré el baño así que simplemente salí afuera, y me senté en uno de los bancos, que hay por detrás de la universidad.
Estuve allí sentada cerca de cinco minutos sin que me molestasen.
-Lo siento, Ís. Ya le dije a la profesora que fue culpa mía. –dijo una voz arrepentida detrás mía.
Supuse que la de Leo. Qué extraño, me llamó Ís.
-¿Ahora te arrepientes? ¿Después de haber dejado que se riesen de mí? Muy bonito –susurré entre hipos.
-Lo siento, en serio. Ayer te oí hablando con el chico nuevo de esos sueños, y bueno te mandé la nota. No pensé que te la iban a pillar, yo solo quería volver a hablar contigo, pedirte perdón. –me giré a la velocidad de la luz.
-Tú no eres Leo. –recriminé.
-Eh, no. Soy Jorge, el del otro día. Lo siento, otra vez.
Me quedé con la boca abierta, no era culpa de Leo, fue Jorge.
-Serás gilipollas, ¿cómo te atreves, después de todo, a meterte en mi vida? Apártate de mi vista. –me volví a girar indignada.
-No, no me voy a ir. Ís, yo…
-¡Qué derechos te tomas, llámame Anaís! –interrumpí furiosa.
-Vale, Anaís. Pero no me voy a ir.
Se sentó a mi lado, y yo hice un amago de levantarme, pero me cogió del brazo.
-Suéltame –gruñí.
-No, ¿es que no me puedes escuchar? De verdad quiero conocerte, solo eso. Me gustaría que fuésemos amigos no te pido más, -le miré fijamente- de momento.-susurró por lo bajo.
Clavé la mirada en la hierba, que se agachaba como pidiéndome perdón. Suspiré.
-Te daré otra oportunidad. –Dije más calmada- Más te vale que no ocurra nada parecido a lo de hoy, ni a lo de ayer. O te puedes ir olvidando de mí para toda tu mísera vida.
Tengo muy mal carácter, lo sé. Pero eso no le quitaba las culpas a Jorge. Solo han pasado dos días desde el primer día de clase, y ya me había ridiculizado un par de veces. Mi dignidad ya estaba lo suficientemente dañada por éste ingrato, como para no dejarle las cosas claras. Me levanté y me dirigí hacia la puerta, pero una fuerte presión me empujó contra la pared y mi cabeza impactó directamente contra ésta haciendo que tuviese que sentarme si no quería caerme.
-¿Estás bien? Anaís, ¿estás bien? –dijo una voz mientras me sacudían con delicadeza.
-Si, eso creo –me llevé la mano a la cabeza.
-Bien, -miró a su alrededor- ¿Qué tal con Jorge, lo degollaste? –preguntó con una sonrisa burlona.
Le miré sarcástica, y me levanté un poco. Nos hallábamos los dos en la hierba, y él estaba sujetando mi cabeza entre sus piernas.
-No, todavía no lo hice, pero lo haré. ¿Te puedes creer que fue quién escribió la nota? –sacudí la cabeza como signo de incomprensión.
-¿Y quién pensabas que había sido?
Me miró fijamente y vi en sus ojos que el ya sabía mi respuesta, pero que necesitaba preguntar. Giré la cabeza y miré en el lado contrario, ruborizada.
-¿Pensabas que había sido yo? –susurró Leo en mi oído mientras me sobresaltaba.
-Eh… y-yo, n-no pe…pensaba na-nada. –tartamudeé.
Se echó a reír, pero ésta vez no de mi, era una risa tierna llena de comprensión.
-Eres tan encantadora…-suspiró- Eres increíble, Ís.
Lo dijo muy serio, y en mi cara se formó una sonrisa de complicidad. No me había sentido así nunca, era como si fuese mi alma gemela. Es como si fuese mi ángel, mi oscuro ángel de la guarda.
Se acercó un poco más a mi y yo a él. Necesitaba besarle, era como una adicción que desconoces pero que ya vives de ella. Él en día y medio había conseguido encandilarme completamente. Me acerco un poco más a él, para conseguir el sabor de sus labios en los míos.
Suena el timbre.
-No…-Leo se golpea contra la pared en signo de frustración, y me levanta con un ágil salto y tira de mí para entrar en la universidad.
Conseguimos entrar en clase antes que el profesor Andrade. Nos sentamos en nuestros respectivos asientos, y esperamos a que termine el día, para poder estar juntos otra vez.
Me consuela pensar que estaremos todo el día juntos. Es algo desde luego muy reconfortante.
Entramos en clase, y noto todas sus miradas puestas en mí. Decido pasar sin decir nada, y sentarme en mi sitio de nuevo, espero pacientemente a que terminen las clases.
Suena el timbre que da fin a mi tortura. Leo se pone a mi lado, y salimos juntos. Caminamos hasta el coche, y veo como las chicas babean por Leo, mientras otras me miraban desdeñosas. Me reí para mis adentros, completamente absorta por mis pensamientos. Solté una pequeña risilla.
-¿De que te ríes? –preguntó alzando una ceja.
-¿Yo? –pregunté inocentemente. – Por nada, solo estaba pensando.
-¿En qué? ¿En lo guapo que soy? –preguntó sarcástico.
Me reí a carcajada limpia, y él se me quedó mirando, sin moverse.
-Más bien en lo tonto que eres –dije mientras le revolvía el pelo con la mano.
Se revolvió molesto, y se peinó con la mano los mechones que le había descolocado. Me acerqué un poco a él con intenciones bastante claras, y él lo supo, pero se apartó.
-Aquí no, Anaís.
Se da la vuelta y monta en el coche. Me siento en el lugar del copiloto.
-¿Por qué no? –contempló con la mirada la gente que había todavía enfrente de la universidad.
-Así que es por ellos… No quieres que nos vean, no quieres que vean lo nuestro. –concluí alicaída.
-¿Qué nuestro? Nosotros no tenemos nada, Anaís. Solo somos amigos, y yo solo te llevo a comer. –murmuró cínico.
Aquello me dolió más que nada, estaba claro que en este mundo yo no podía ser querida. A lo mejor más allá de las fronteras de la vida, si hay alguien para mí.
-Tienes razón… Siento haber confundido hechos.
Lo dije en el tono más frío que pude, y me revolví en el asiento. Se había creado un silencio incómodo, pero del que ninguno saldría. Suspiré, y, exasperada, esperé hasta que llegamos al lugar.
Era una casa hermosa, antigua pero a la vez moderna. Daba un aspecto de riqueza rústica, que la hacía atractiva y a la vez repelente. Me quedé fascinada unos segundos por el lugar. Era inquietantemente impresionante.
-¿Está es tu casa? –pregunté.
-Claro, ¿de quién sino?
Río largo y tendido, pero pronto volvió a su estado intrascendente de antes. Me sentí sola en el inmenso chalet. Es como si su presencia solo contase como una sombra confundida el paisaje.
-Solo preguntaba. Es muy bonito éste sitio.
-Pues vale, siento decirte que no me interesa mucho tu opinión. –me soltó cínico.
-Si, eso ya me lo imaginaba, pero a lo mejor podrías recuperar un poco de esa ecuación perdida que tienes y comportarte como una persona normal. –repliqué.
-Tranquila, Anaís, no te alteres.
Gruñó por lo bajo furiosa. Aunque en el fondo estaba desconcertada por semejante comportamiento.
-Estoy muy tranquila, pero me gustaría saber qué pasa por una vez. ¿Por qué te comportas así? –pregunté claramente confusa.
-Eso no es asunto tuyo. –contestó con sequedad.
No me di por vencida. Ahora o nunca.
- Lo es, claro que lo es. Igual que no me quieres decir porque soñaba contigo, cuando no te había visto en mi vida. ¿Me lo vas a decir? Porque entonces no veo la razón por la cual tolerarte todo esto. –solté todo como si me fuese la vida en ello.
-¿Eso es lo que piensas?
Mi mente ya estaba trabajando un sarcasmo apropiado, pero me descolocó completamente su pregunta. No, en realidad no lo pensaba exactamente así, pero hubo mucha verdad en sus palabras. No quise contestarle, por lo que me volví y eché a andar hacia la casa.
-¡Anaís!-notaba como me seguía. –Contéstame
Se acercó con grandes pasos a donde estaba yo, pero no me giré para mirarlo, y por supuesto no le dirigí la palabra.
-¡Dímelo! –me agarró con fuerza el brazo, e intenté debatirme, pero era mil veces más fuerte que yo.-Dímelo. –su voz volvió a sonar sombría.
Me mordí el labio inferior, y rompí cualquier contacto visual que pudiera ocasionarse, girando la cabeza hacia mi derecha. Me sacudió con energía, pero seguí en mis trece. Si me volvía a insistir, le gritaré con todas mis fuerzas que todo es cierto. Todo, y si quiere más detalles, que le pregunte a psicólogo, porque con ese carácter, le hace falta uno.
Se acercó a mí, hasta quedar en a una distancia poco esperada. Mi respiración se volvió deliciosamente rápida. Deliciosa, claro está, hasta que me di cuenta torpemente, de que mis intenciones distaban bastante de las suyas. Se apartó de mí con brusquedad, y se alejó de allí.
Le seguí, pero me costaba bastante seguir su ritmo.
-¡¿Quieres andar más despacio?! –grité.
No respondió. Eché a correr, vi como desaparecía dentro de la casa, dejándome la puerta abierta. Se ve que hemos empezada muy bien la velada, me dio pena pensando en lo bien que estuvimos antes.
Entré en la casa, no estaba dispuesta a quedarme embobada otra vez, no le daría esa satisfacción. Así que fingí indeferencia hacia esa espectacular mansión. Le había perdido de vista, le busco con la mirada, pero nada. ¿Dónde estará? Aprovecho el tiempo para mirar a mi alrededor. Enfrente de mi veo una escalera gigante que toma dos direcciones distintas, la decoración es moderna, aunque no demasiado. Se podría definir como minimalista.
Caminé un poco para observar lo que había, pude ver un porta fotos en el que estaba Leo con una chica joven, me sentí furiosa de pronto, pero intenté que no se me notase.
-¿Qué haces? –preguntó Leo a mis espaldas.
Me sobresalté, y me giré despacio.
-¿Yo? Nada –contesté inocente.
-Ya…Bueno, vamos a comer.
-Vale.
Caminé detrás suya., y me vi, por un momento con ganas de volver a mi casa. No se que me pasaba hoy, tenía demasiada morriña por algo que nunca había tenido. Había anhelado unos padres, pero la verdad es que yo no los tengo. Me volvió a invadir aquella sensación de soledad. Leo ya no me pareció tan bueno, tan cariñoso o simpático, sino que me pareció aquel ser frío del otro día, aquel que me amenazaba en mi inconsciente.
Entramos los dos en la cocina. El silencio se hizo insoportable, pero aún así no le hablé. Me indicó con gesto educado conde debía sentarme.
Me senté inquieta, y el enfrente mía, se sentó también. ¿Es que la comida iba a venir sola?
-¡Disha! Trae cuando puedas la comida.
-Si, señor. –contestó una voz femenina en la cocina.
-¿Tienes una cocinera? ¿Y tus padres?
-Muertos. –mi cara se quedó blanca unos instantes. –Tengo una criada por el simple hecho de que no tengo ganas de pasarme la vida en casa, intentando limpiar toda esta mansión. No acabaría en la vida.
Sonreí, una parte de mí, se hallaba lejos del lugar. Pensando. ¿De verdad sus padres estaban muertos? Bueno… No se atrevería a mentir sobre eso, digo yo. Sería muy desconsiderado. No, estaba segura, no puede haberme mentido sobre eso. Solo se me ocurre decirle:
-Siento lo de tus padres. Parece que los dos somos huérfanos. –sonreí, pero la alegría irónica no me llegó a los ojos. Sabía que éstos tenían la tristeza, que pedían amor a gritos. Agaché la cabeza para que no se me notase.
-Yo también siento lo de tus padres. Comprende que, aunque seamos huérfanos, hemos sufrido más que los demás. Sabemos lo que realmente es la vida. Que no es un cuento, que tu no eres la princesa ni yo soy el príncipe. Solo somos los vasallos. Simples criados al servicio de su señor. –lo dijo con amargura, pero aún así pude ver la gran verdad de sus palabras.
Suspiré, y noté como las lágrimas acudían a mis ojos, sin previo aviso. No pude controlarlas, eché el pelo hacia delante rogando que no se me viese. Pero debió de notarse, ya que se levantó y se quedó a mi lado, agachado.
-No llores, no quiero verte triste, Anaís. Verte triste es como ver el mundo gris. Nada tiene interés, nada salvo tus ojos cristalinos, tus acuosos ojos verdes. El verde es esperanza. Recuérdalo. Eres especial, lo sabes.
Las lágrimas ya surcaban mis mejillas. El las recogió con la yema de los dedos. Notaba como fluía la conexión, todo en el ambiente era electrizante. Apoyó las manos en mi silla, y se fue levantando poco a poco, acercando nuestros labios cada vez más. Estaba ansiosa por conseguir ese beso, lo quería, quería poseerlo.
-La comida está lista. –se quedó quieta al vernos, y cerró los ojos, girándose. –Lo siento, no pretendía… eh… Vuelvo más tarde. –estaba nerviosa.
-Tranquila no pasa nada. Ven, tenemos hambre.
-Vale. –dijo obediente.
Se levantó sin mirarme, y yo me giré igual. Sabía que si le miraba a los ojos, no podría resistirme, y él tampoco. Lo peor es que él también lo sabía. Vaya si lo sabía…

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