domingo, 20 de septiembre de 2009

Conexión Inconsciente Cap. 4


Bueno, sigo esperando, haber quien comenta y quien no... En fin, fuera de esto, decir que esta obra está protegida por Safe Creative así que nada nadita de copiar >.< color="#ff9966">¡leer!



Capítulo 4: Cuando por fin…

Comimos sin mayor conversación que la de la criada lavando platos en la cocina. Me sentía bastante incómoda. Por una parte quería alejarme de él, por otra, quería sentirle muy cerca, quería sentirlo una parte de mí.
-Estás muy callada. –dijo interrumpiendo el silencio.
-Si, lo se. No tengo ganas de hablar.
Siguió comiendo en silencio. Terminamos, y rápidamente vino la sirvienta con el postre. Eran un par de flanes, con una pinta exquisita. No perdimos mucho tiempo con ellos.
-Ven, te quiero enseñar la casa. –tomó mi mano y me condujo hacia las escaleras.
Empezamos por la derecha, y me enseñó el cuarto que antes era de sus padres. Tenía una cama con dosel preciosa, y las paredes estaban pintadas con un rosa muy suave, con el que podías descansar la vista. Había un par de mesillas a cada lado de la cama, y un gran tocador justo enfrente, era como la habitación de cualquier muñequita.
-Es preciosa. –sentencié sinceramente.
-No es lo único precioso que hay por aquí.
Le miré y él sonrió de lado. Creo que mi corazón se paró un instante, dejándome sin respiración.
-Vamos. –animó.
Me volvió a coger la mano, y pasamos a la siguiente habitación, era un especie de salita de estar, todo muy refinado, y a la vez rústico, me encantó también. Aquella casa era el sueño de cualquier persona. Tenía una mesa de madera tallada en el medio, y un par de sillas alejadas, con filigranas a los lados. Lo más bonito era el ventanal que ocupaba toda la pared de un lado, y que se pudiese ver la ciudad, enfrente había un sofá, también a estilo rústico, para que pudieras contemplar todo el tiempo que quieras sin cansarte.
El siguiente cuarto, consistía en una especie de despacho, con ordenador, y muchos papeles enjaulados en archivadores. Era agobiante, pero se estaba bien, si te acostumbras, o eso creo.
-Mira, ésta es mi habitación. –me quedé estupefacta. –Tu… ¿habitación?, ¿estás seguro? –que pregunta más estúpida, ¡claro que estaba seguro!
Se rió a carcajada limpia, y yo dejé de contemplar por un segundo la habitación para contemplarle a él. Él lo notó.
-¿Por qué me miras así? –preguntó sin reproche en la voz.
En el fondo, él también sabía la respuesta.
-Porque nunca te había visto reír tan relajado. –contesté con la mayor naturalidad que me fue posible.
No contestó, se sentó en un sofá que había por allí, y me invitó a sentarme con él.
Desde allí, pude ver a la perfección la magnífica cama negra de matrimonio. Que por cierto, es gigante. Vi todas las estanterías que había con libros, algunos con mejor pinta, otros tenebrosos.
-Cuéntame lo de tus sueños. –incitó.
Dudé un segundo, pero decidí que tenía derecho a saberlo.
-Bueno, vamos con la cara casi toda cubierta, aunque tú menos, puedo verte y reconocerte. Luchamos con espadas, pero tú lo haces mejor que yo. Acabo siempre en las mismas escaleras tirada con miedo de morir, pero me salvas la vida… Siempre lo haces, te vas.
Me salté la parte en la que hablábamos y él no me reconocía, aunque eso se puede deber al hecho de estar casi toda tapada.
No dijo nada, y yo preferí que lo hiciese, porque no era bueno lo que estuviese trajinando, eso seguro.
-No debes temer de mí, Anaís. –contestó al final.
-Eso es fácil decirlo. –murmuré más para mi misma.
-Escúchame, -ordenó sacudiéndome los hombros.- Nunca, en la vida, por mi propia voluntad, te haría daño, ¿Entiendes? Nunca.
Estaba totalmente serio. Tendrá razón, supongo. No creo que me haga daño, son solo sueños, pesadillas, nada más. Me acerqué a él, con ganas y esperanzas. Ahora nadie nos puede interrumpir, nadie. Me acarició la mejilla con ternura, y me apretó más a él. Empezamos a respirar los dos entrecortadamente. Por fin, por fin ese beso se hará realidad. Cubrimos casi toda la distancia que queda. Pero parece ser que todo lo bonito acaba sumergido en el fondo del mar, por lo menos para mí.
-Señor, disculpe, -se queda en silencio unos segundos hasta que reacciona.- ¡Ah! Disculpe, luego vuelvo, parece que hoy no es mi día. –reconoció y se rió tontamente.
-Estaba a punto de decir lo mismo –dije mordazmente.
Salió silenciosamente. Me arrepentí al instante de mis palabras, y miré casi con temor a Leo.
-¿Tienes muchas ganas de besarme?
Se estaba riendo de mí, como no.
-Seguro que no besas ni la mitad de bien que seduces.
Esbocé una extraña sonrisa, y un brillo travieso apareció en sus ojos. Me levanté de pronto, sin saber muy bien por qué.
-Además, si quieres besarme, tendrás que encontrarme primero.
-Pero si estás aquí.
Estaba muy desconcertada, pero yo cada vez más feliz por el transcurso de éste extraño juego. Me reí sin máscara y sin nada que pudiese impedírmelo.
-Cierto, estoy aquí, pero ya no.
Eché a correr con todas mis fuerzas, y pude sentir como se levantó del sofá y se puso a perseguirme. Parecíamos dos críos, pero dos críos muy felices, que era lo importante. Salí de la casa, y me fui sin dudarlo por el jardín adelante. Encontré muchos árboles, y un bonito lago en la parte trasera. ¡Buff! Parece un multimillonario, mejor dicho, es un multimillonario. Me reí en voz baja cuando oí las suaves pisadas de Leo cuando rozan con las hojas, y la hierba. Me escondí detrás de un árbol, procurando que no me viese.
-Anaís, sabes que te voy a encontrar, así que sal ya y no derroches lo poco que te queda de dignidad.
Me dieron ganas de darle una patada, pero lo había dicho con la respiración entrecortada de tanto correr y riéndose, así que no le di importancia.
-Vaaamos, no soy el lobo, puedes salir. Por lo menos no te voy a comer, otras cosas ya lo veremos.
Sentí como el calor se me arremolinaba en las mejillas, e intenté disimularlo a pesar de que no me estaba viendo, aunque yo a él tampoco. Estuvimos unos minutos en silencio, ¿Dónde estaría? Me moví unos pasos hacia delante, oí unos ruidos lejanos, y unos brazos me rodearon la cintura, me giré rápidamente, asustada, y como un haz de luz nuestros labios se pegaron. Me sentí extraña unos segundos, pero mis manos fueron igualmente alrededor de su cuello. Nos besamos con pasión, como si fueses una pareja de toda la vida. Era un sentimiento raro que no podría describir, pero si me sentí completa, y supe desde ese mismo instante, que no quería dejar de sentirme así. Comprendida, protegida y sobre todo feliz. Rodeé su cuello con mis brazos, y nos tiramos despacio sobre la hierba. Me colocó suavemente encima de él y nos seguimos besando. Paramos un segundo para coger aire, pero no estuvimos mucho tiempo separados, ya que yo necesitaba rozar mis labios con los suyos, sentir su saliva en mi boca y su lengua recorriendo sitios insospechados e inexistentes hasta el momento.
-Leo… -suspiro.
Me siento completa, y mientras nada cambie -ya que la felicidad no suele durar mucho- lo aprovecharé. Sin embargo, él no parecía tan contento.
-Anaís, esto no está bien.
-¿Qué? ¿Por qué? –pregunté confundida.
-Porque somos muy diferentes. Más de lo que podrías imaginar.
Se sentó sobre la hierba, muy a mi pesar, separándose de mí. Por un momento pensé en lo egoísta que estaba siendo. ¿Y si ese sentimiento de felicidad no nos recorría igualmente a los dos? Al fin y al cabo, nos conocemos desde hace dos días. Pero es que me siento tan bien a su lado, tan… llena. Si, esa es la palabra, llena, completa. Hasta límites desconocidos. Nadie en el mundo podría describir esta sensación. Y quizás tampoco sea amor, sino obsesión por que alguien me coja cariño, quizás solo sea una locura interna que divaga por mi cabeza… Sabe Dios lo que es.
-Leo, yo… creo que es mejor que me vaya. Lo he pasado muy bien, en serio, gracias por la comida.
-Espera, que te acompaño. –se ofreció.
-No, gracias, ya se el camino. –me miró unos instantes confuso. –Prefiero ir sola, en serio.
-Como quieras.
Sin mirar atrás me giré y noté como un camino de lágrimas se abría en mis mejillas. Había sido una ilusa, quizás demasiado. Pero también logro entender que Leo no tiene la culpa de mis problemas. La carga es mía, no de él. No tiene la culpa, eso debería quedar claro. Si murieron mis padres, murieron, ya es hora de que lo supere.
Quitando este hecho, esto mero y absurdo hecho, creo que ahora tengo una duda aún mayor que antes. Porque y, ¿ahora? ¿Qué somos? Novios no, por lo visto. Tiene una gran inquietud en que se enteren los demás. Además que sería demasiado precipitado. ¿Es entonces un lío? No lo creo, a nadie le importa un lío. Entonces…
Dejé de pensar en mis comidas de cabeza, cuando me di cuenta de lo importante del hecho de estar encerrada en una casa ajena, con las mejillas surcadas en lágrimas, y sin ganas de ver al conductor. Aún así no me desesperé y empecé a caminar sin saber muy bien por donde ir.
Media hora, más perdida que otra cosa, se estaba haciendo algo de noche. Vi como el sol se iba poniendo poco a poco, y era una visión preciosa, pero algo dentro de mi se encendió. Algo, por lo que tuve miedo, mucho miedo y a la vez calidez. Algo parecido a la calma del hogar me inundó.
-Estaba empezando a pensar que no te encontraría, Anaís.
Me sobresalté, y empecé a temblar involuntariamente.
-¿Quién es?
-Anaís, tengo poco tiempo, así que escucha y no hables. Es importante que te alejes de Leo, muy importante. Tu
Tú jamás serás como él. Sois como el día y la noche, incompatibles, ¿entiendes?
-Pero, ¿Qué dices? Y contéstame mis preguntas.
¿Qué le importaría a esa misteriosa voz mi extraña relación con Leo?
-Cállate, y no me canses, no es bueno. Aléjate de él, no te avisaré muchas más veces, y va a ir a peor. Tu no eres como él. No eres como él.
¿No soy como él? ¿Y cómo es él? La misteriosa voz no declaraba un género exacto, aún así me resultaba familiar. Demasiado para mi gusto.
-¿Por qué?
-Porque está confundido, Ís Él cree que tu eres otra persona. Que no eres como él, piensa que eres una frágil humana, pero no se imaginó que eres una frágil humana iniciándote.
-¿Iniciándome, en qué? –pregunté ya cansada de tanto misterio, y confusa, muy confusa.
-Me tengo que ir, pero escúchame, aléjate de él. Por tu propio bien, Anaís.
-¿Y porque debería confiar en ti? No se quien eres.
-No eres tonta, se que me harás caso. Al final me lo harás de eso estoy seguro.
Así que si estaba seguro, es que era un chico. Un hombre, pero ¿Cuál? Esa es la cuestión.
-Ya nos veremos. –declaró la voz.
-¡No, espera! Tenemos que hablar.
Nadie contestó, otra vez la silenciosa noche invernal volvió a invadirme por todos los sitios.
Seguí caminando, insegura, y muy intranquila. Distintos, yo no lo veo así. ¿Pero el quien cree que soy, una ex novia loca de otra época, una bruja que tiene el poder de sacarle de una maldición? Nada tiene sentido, nada. Él y yo somos iguales. No queda otra explicación.
-¡Ís! –llamó alguien.
-¡Joder, y quien es ahora!
Las cuatro mil veces que había oído hoy mi nombre en boca de desconocidos me hartaron, y casi devoro allí mismo a Leo. Que se hallaba plantado enfrente mía con el coche encendido.
-Vaya, lo siento. Es que te estuve buscando. Tardé en darme cuenta de que no tenías tu coche, lo siento.
No contesté. Sabía que no era verdad el que se hubiese olvidado. ¿Habrá oído algo?
Me quedé allí sin saber que hacer, ahora con la nueva información requerida por un completo desconocido me sentía extraña a su lado. La desconfianza me volvió a invadir de nuevo, sintiendo como la felicidad antes experimentada desaparecía por completo. Se esfumaba sin siquiera darme tiempo a despedirme.
-¿Quieres montar?
Monté en silencio en el coche. El trayecto fue más o menos así, hasta que me decidí a hablar.
-Leo. –llamé en voz baja, temerosa de romper el, por un lado, no tan incómodo silencio.
-¿Si?
-¿Qué eres?
Esa era la pregunta, esa y ninguna otra. No era humano, no podía serlo. No podía estar a mi lado y saber que era alguien del cual desconocía toda su vida. Ahora se que él no es como yo, y ahora se que para estar conmigo, tiene que haber una razón más lejana que esa triste sentimiento llamado amor.
-Hemos llegado. –dijo con sequedad.
Le observé confusa. Sus palabras habían sido frías y cortantes, y muy duras. Sus labios se apretaron hasta convertirse en una dura línea. Y decidí no insistir por esta noche. Pero se a conciencia, que si me quiero enterar de algo, no dormiré hasta conseguirlo. Y tengo la peculiar sensación, de que él también lo sabía.
Salí del coche dispuesta a enfrentarme a mi mar de dudas rutinario.

5 comentarios:

cristal dijo...

holaa
solo decirte que no me he leido la entrada porque primero tengo que leerme los otros capitulos y ahora mismo no tengo tiempo .. jupp
pero en cuanto pueda me los leo todos de un tiron y te dijo algo ;)

besines chispeantes

damaris dijo...

pues ami la verdad me encanto
la historia me los lei todos
creo que esta muy interesante
y espero que siguas escrbiendo
bueno estero la proxima entrada

besos¡¡¡

Cuenta Cuentos ;) dijo...

Felicidades!!! Cada vez me gusta más tu historia :] Tengo muchas ganas de leer el proximo capi.

Bueno un besote y suerte con la operación :)

Arianna dijo...

Hola :D

ejem, ejem...

¬¬ te parece bonito comenzar ha escribir tan espléndida historia y luego dejarla colgada de esta forma tan cruel y despiadada?? T.T Des de cuando hace que no escribes más?? T.T Des de el año pasado T.T Por qué no lo haces????????? Quieres que muera?? ToT

Bueno ahora en serio XD

Me encanta tu historia sin embargo me pregunto... por que no la continuas y eso... ¬¬
Si quieres apoyo moral aquí estoy yo *-* Yo te apoyaré te daré ánimos siempre que pueda y... y.. mmm... estaré a tu lado (virtualmente) ^^ :P En fin espero que tengas inspiración, tiempo y puedas escribir tan pronto como puedas *-*

Nos vemos ^^

jennifer dijo...

wow me encanta, te puedo decir ke estoy enganchada por favor sigue ...es genial de veras!!!tines todo mi apoyo aunque buenooo....no sea mucho.