miércoles, 5 de agosto de 2009

Conexión inconsciente

Antes de irme os dejo el segundo cap. Que lo disfruteis^^ y dejad comment plis, ya sean criticas buenas o malas, os lo agradeceria, para ir mejorando.


Capítulo 2: Experiencias nuevas, y no tan nuevas
Los rayos del sol me acunaban a través de la ventana. Yo, esparcida encima de la cama sin abrir, entreabrí un poco los ojos. La claridad me dañó, así que volví a cerrarlos. El despertador señaló que faltaba media hora para que ese trasto sonora. Metí la cabeza debajo de almohada, intentando dormir otra vez, pero no pude, simplemente no me di dormido otra vez. Entonces me levanté, y quité el despertador. Fui descalza hasta la cocina, pero cuando abrí el estante de encima del fregadero, todo estaba vacío. Mi suma alegría, por decirlo de alguna manera, había conseguido que me hubiese olvidado de ir a comprar, y ahora, tendría que ir más tarde, si quería comer. Volví a mi cuarto para vestirme. No tenía muchos nervios, ni había decidido una semana lo que iba a ponerme un día antes de ir a la universidad. Pero más bien estaba preocupada por la primero impresión que tuviesen de mi, ya que eso me iba a catalogar de por vida. En el armario encontré poca ropa. El resto estaba en cajas aún embaladas. Estaba claro que aún tenía bastante por hacer. Cogí un vestido poco apropiado para estar en pleno invierno, pero hoy, por suerte, no hacía más frío que el de costumbre. El vestido era negro, liviano, y ceñido en la cintura por un cinturón plateado. Cogí los zapatos plateados con un poco de tacón, y el pelo lo dejé liso con una pinza plateada sujetando uno de los lados que caía libremente sobre mi cara. En la entrada estaba la chaqueta, y solo me faltaba el bolso, donde llevaba libretas y material para apuntar, y las llaves, claro.
Cuando estuve lista, salí de casa. Sabía donde estaba la universidad, la había visto más veces. Era sobrecogedora, y muy nueva para mi. En todos los sentidos. La vi a lo lejos imponente, fiel a sus alumnos y profesores. Aparqué lo más cerca que pude. Salí del coche, y una ráfaga de frío hizo volar mi ligero vestido hacia atrás, lo sujeté cuanto pude, agradecida de que no se me viese nada de suma importancia. Me giré y me dirigí a la entrada, notando como los chicos que había allí fuera posaba la mirada sobre mi. No me amilané, pero noté como la sangre se arremolinaba en mis mejillas, dejándolas ligeramente coloradas y calientes. Cuando llegué a la puerta, comprobé que aún seguía cerrada, por eso fuera, no había demasiadas personas esperando. Me apoyé en una de las columnas de la entrada. Disimuladamente eché un vistazo a mi alrededor. Había todo tipo de personas, algunos hablaban, otros hacían el tonto por allí, y algunos me asombraban más a mi que a los que estaban a su alrededor. Lejos de allí había la silueta de un chico, por lo visto no muy amigo de los demás, ya que estaba completamente solo. Era más alto que yo, y más sobrecogedor. Debió de notar mi examen mental, ya que el miró en mi dirección, dirigiéndome una larga mirada. Yo, cautivada por su fascinante presencia, no desvié mi mirada. Era rubio, o eso veía yo desde lejos. No llegaba a ver el color de sus ojos, pero sus vestimentas eran negras, siempre negras. Me recordó a alguien, a alguien que debido a la lejanía, no podía saber quién es.
Mi mirada se volvió a posar en las personas tranquilas que había más allá, aunque si emocionadas por lo que los chicos pensasen de ellas después de las vacaciones de Navidad. Son bastante patéticos sus pensamientos superficiales. En cambio los chicos eran de carácter bastante similar entre ellos. Veo como uno intenta hacerse el mayor delante de sus amigos, y delante de una impresionante rubia. Otros la vigilan con la mirada, pero su carácter tímido les impide ir más allá. Y eso era todo, luego estaba la gente de siempre, los populares, los bichos raros, los que se marginaban a si mismos, y muchas cosas más. Nunca entenderé esa manera que tienen las personas de hacer grupos sociales entre ellos. Era extraña la forma en la que se discriminan unos a otros.
Ahora la explanada que se abría delante de la universidad estaba considerablemente llena. No tardarían en abrir. Saqué el móvil del bolso, y lo puse en silencio, y de paso miré si había algún mensaje recibido. Pero nunca los había.
-Hola –dijo un chico detrás de mí.
-Hola –dije extrañada, aunque con educación.
-Me llamo Jorge, ¿tu? –preguntó con una expresión divertida, aunque no sabría decir la razón.
-Anaís
-Que nombre tan… bonito, y raro.
Le eché una mirada llena de incertidumbre y de descaro. Desde luego, la gente no es muy normal cuando pasan por la adolescencia.
-Ya, que se le va a hacer, me pusieron ese nombre. –dije secamente.
-¡Tío, ya te vale, como sigas así no te la ligas ni en un año! –chilló uno que nos observaba desde lejos.
-¡Éste no se liga ni a su abuela! –gritó el que estaba al lado del otro.
-¡No vas a ganar la apuesta, nunca lo consigues!
Se oyó un coro de risas proveniente del grupo de chicos. Una apuesta, se había acercado a mí por una apuesta. Malditos chicos, eran unos asquerosos.
-Bueno Anaís, ¿quieres venir conmigo a cenar? –preguntó con una sonrisa… indescriptible.
-Para que preguntas si ya sabes la respuesta –dijo con el tono más borde que me salió.
Me giré y me volví a apoyar en la columna, estaban abriendo la puerta. Me coloqué bien el bolso, y me dispuse a entrar, cuando volví a notar una mirada puesta sobre mí. Era el chico de antes, que ahora me estaba mirando sin disimulo. Ya cansada de los chicos en una hora por lo menos, entré en el centro, y saqué el horario de mi bolso, para encontrar la primera clase. Tenía dibujo lineal, y dibujo libre. Nunca había oído hablar de ésta segunda materia, pero no era muy difícil adivinar de qué trataba. Me perdí completamente por los pasillos. La gente empezaba a entrar ya en sus clases.
-Eh, perdona… -la chica pasó delante de mí sin hacerme el menor caso.
Miré hacia todos los lados, mordiéndome el labio inferior.
-¿Qué clase tienes ahora? –preguntó una voz a mi lado.
No… no podía ser, el chico de ayer, el chico de fuera, todos eran la misma persona. No, esto era mi perdición. Ahí, enfrente mía, se hallaba el chico de mis pesadillas. Él, el que ha estado poblando con temor mis sueños, de temor y de sentimientos contradictorios. Sus labios se curvaron en una sonrisa amable, parecía distinto, aunque no debía confiarme.
-Eh… tengo…-no me daba concentrado en decir algo coherente- tengo… dibujo lineal y libre.
En sus ojos había un brillo divertido.
-Yo también, si quieres te acompaño.
-Claro –dije incapaz de pronunciar muchas palabras seguidas.
Caminamos en silencio hasta nuestra clase. Me senté al fondo, y él se sentó justo en el pupitre que quedaba libre a mi lado. Mucha gente me miraba curiosa, otros nos miraban a los dos, intentando descifrar nuestra relación.
Yo intenté no mirarle, pero no podía evitar echarle miradas de reojo de vez en cuando, y siempre que lo hacía, el me miraba sin descaro. Hice que mi pelo cayese a ambos lados de mi cara con el fin de crear una barrera. No sabía ni yo misma lo que sentía. Me resulta frustrante tener tantos sentimientos hacia una persona que me ha mantenido en vela mucho tiempo. Sin embargo era así, sentía: temor, dudas, miedo, terror a veces, atracción… Respiré hondo con el fin de calmarme. Entro el profesor por la puerta.
-Hola chicos, bienvenidos a la Universidad de Haunkings un año más. Éste año, como casi todos, hay gente nueva entre nosotros. Tenemos a Diana, Sandra, Alberto, Leo y a Anaís, que nombre tan bonito. –dijo con una sonrisa amable en los labios, aunque dirigida a nadie, ya que no sabía quien de todos era Anaís. –Por favor, podéis presentaros ante la clase.
Intenté no ponerme nerviosa. Empezamos en el orden según había dicho el profesor.
-Hola, me llamo Diana. Tengo casi dieciocho años. Nací en Boston, pero viví casi siempre en Madrid. Me gustaría llegar a ser pintora, y es lo que estoy intentando conseguir.
Dicho esto, se sentó. Era morena, bucles caían por su espalda, libres y rebeldes. Era muy guapa, pero también humilde, se le veía al hablar. No intenta pasar desapercibida, pero no trata de ser el centro de atención. Luego otra chica se levantó. Era de pelo negro mezclado con mechas rojas. Su ropa toda negra, era bastante lúgubre. Parecía gótica, pero no se si es la palabra adecuada para definirlo.
-Hola, yo me llamo Sandra. Tengo diecinueve años, y no considero que haya necesidad de contar mi vida a unos desconocidos. Así que he terminado.
La miré asombrada. Que borde se había puesto. Esa chica y yo nunca seremos amigas, y por la expresión del resto de la clase, ellos pensaban lo mismo que yo. Ahora se levantó un chico, supuse que Alberto. Era rubio, y muy guapo. Los ojos, aunque no se le veían muy bien, pude ver que eran marrones y penetrantes.
-Hola, yo soy Alberto. Tengo dieciocho años, y me gustaría ser arquitecto de mayor. Pero decidí hacer algunas prácticas ya que mi el dibujo no es lo que mejor se me da. Pero eso lo que quiero hacer, y por lo menos lo intentaré.
Hablaba con soltura, pero no estaba en plan graciosillo de la clase. Simplemente estaba como si fuese realmente así. Y eso me gustaba.
A mi lado, se levantó el chico de mis pesadillas, que ahora parecía dulce y encantador.
-Hola, me llamo Leo. –no me pasaron desapercibidas todas las miradas que se posaban en él. Las de las chicas soñadoras, las de los chicos envidiosas, no pude evitar reírme, Leo me dirigió una mirada inquisitiva. –Tengo dieciocho años. Me gustaría ser escultor. Por eso decidí hacer la carrera de Bellas artes.
¿Quería ser escultor? ¡Tendría que aguantar con él seis años! Que ahora mismo me parecían eternos e infinitos, muy lejanos. Se sentó sin mirarme. Ahora me tocaba a mí. Desde donde estaba sentada no se podía verme casi, cosa que me alegra bastante. Me levanto, y veo todas, absolutamente todas las miradas posadas en mí. Intento no ruborizarme, pero no se si lo consigo o no.
-Hola, me llamo Anaís –noto como la mirada de Alberto, sentado en diagonal a mi mesa, pasea la mirada por todo mi cuerpo, ahí es cuando me sonrojo. –Tengo dieciocho años recién cumplidos, y de mayor me gustaría ser escultora.
Me siento otra vez en mi silla. La mirada escrutadora de Leo, se vuelve hacia mí. Yo le miro interrogante.
-¡Que sorpresa! Vamos a pasar muchos años juntos. Va a ser una experiencia tentadora –por un momento juré que sus ojos volvían a tener aquel destello misterioso de anoche, pero no puedo asegurarlo con certeza.
-Que queramos ser lo mismo no significa que vaya a estar contigo. –murmuré resuelta.
-¿Y quien dice que tengas que estar conmigo? –preguntó burlón.
Aunque la pregunta me descolocó, intenté no demostrarlo. Me giré hacia el profesor, que ahora estaba explicando como iba a ser la asignatura. Oí una risita a mi lado, y vi como ahora, los ojos amables de antes, si eran un reflejo de los de mis pesadillas.
Un estremecimiento recorrió mi espalda, y él me miró, ahora serio.
-¿Tienes miedo?
No supe que contestar. Por una parte sabía que podía decirle la verdad, la intuición me lo decía, pero por otra parte, mi orgullo y dignidad estaban vivos y presentes en mi como el corazón, o mismo como una costilla. Finalmente me decanté por mi orgullo:
-No, a ti no –a pesar de que no quiero mostrar debilidad ante mi supuesto oponente, lo dije con tristeza, una tristeza que ni siquiera yo sabía de donde venía.
-¿Por qué me mientes? –preguntó… ¿resentido?
-Porque ya llevo muchos años mintiendo –murmuré sin pensar.
Deseé haberme cerrado la boca con llave. Las palabras habían salido de mi boca sin vacilar. Me mordí el labio inferior, deseando que no hubiese oído nada.
-¿Por qué? –preguntó curioso
Un suspiro salió de mí. Anhelaba poder hablarle a alguien de lo que había sufrido junto a mi abuela. Del dolor que me había producido la perdida de mis padres. De lo mucho que deseé poder ser libre. Sobre todas las horas que pasé tirada en mi cuarto mirando por la ventana, aquella ventana… que me había dado esperanzas en medio de mi amargura. Por ella veía a la gente pasar, a los niños en brazos de su madre, a parejas enamoradas… Cuando había perdido ya incluso la esperanza, pensé que todo lo que me había pasado no era justo, que yo no podía acabar así. Me prometí a mi misma, que el mismo día de mi decimoctavo cumpleaños saldría de allí, probablemente para no volver. Pero aunque quise soltarle todo aquello a una persona desconocida, aunque también íntima, lo único que salió de mis labios fue:
-Y a ti que te importa –repliqué entre burlona y ofendida.
-Me interesa saber las cosas que haces y por qué las haces.
-Pues no deberían importante tanto. Además, sino te importa, me gustaría atender a la clase, que para eso vengo. –me giré hacia el profesor e hice que me interesaba mucho lo que contaba.
El resto de las clases no fueron muy entretenidas. Pero me gustaron algunas temáticas. Leo no me molestó más, aunque se dio cuenta cuando yo le miraba de reojo, ya que le veía mirándome, y a mi se me subían todos los colores.
Cuando por fin sonó el timbre salí de clase relajada ya por el fin de la jornada. Notaba miradas puestas sobre mí. Cogí las llaves del bolso, y fui andando hasta el coche. Algo me perseguía, algo o alguien. Casi me caigo contra el coche.
-Pero, ¿tú eres tonto o qué? –repliqué enfurecida.
-No, no lo soy, ¿te importa llevarme a casa? –preguntó divertido.
-Ah, ¿no tienes un coche perfecto para ir a tu casa?
-Si, pero mi coche perfecto se está arreglando –dijo- Pero si fueses tan amable de llevarme te lo agradecería mucho –mientras dijo éstas palabras se fue acercando a mi hasta tenerlo pegado.
Mi respiración se volvió entrecortada y rota.
-Claro, venga sube. ¿Adónde? –dije mientras montaba en el lado del conductor.
-A la calle Badajero, ¿sabes dónde está?
-No mucho, pero puedes guiarme. Sino te importa voy a ir un momento a mi casa a coger una cosa. –tenía que coger el móvil y la cartera, iría a comprar el material para las clases después de comer en el restaurante de enfrente de mi casa, ya que por desgracia, no tenía comida en mi casa.
-¿Vas a comer en tu casa? –preguntó mientras yo arrancaba el coche con suavidad.
-No, voy a ir a un restaurante.
-¿Y eso? –cuestionó extrañado.
-Pues una razón bastante obvia… No tengo ni una lata de sardinas en mi casa. Me mudé ayer, y no me dio tiempo siquiera a colocar todo, y eso que no es mucho.
-Si quieres puedes venir a mi casa a comer. –comentó.
-No se, no me gustaría deberte nada para que luego me dijeras, ¿y quién te dice que vas a comer contigo otra vez? O ¿De verdad piensas que quiero comer contigo? –repliqué ya enfadada.
-Eres un pelín borde, ¿no crees? Yo te invito a comer y tu por orgullosa eres incapaz de aceptar como una persona normal.
-No me digas… A lo mejor es porque estoy muy harta de todo el mundo. Todos son como tu, todos. –suspiré resentida.
-¿Y como crees que soy yo? –preguntó despacio, y ahora amable. –Ahora gira a la izquierda. –indicó.
Giré suavemente a la izquierda mientras me pensaba la respuesta.
-Depende, creo que si se te conoce mejor podrías llegar a ser alguien excelente, pero mientras sigas en ese plan, y sin contestarme a mis preguntas, pues seguiremos así.
Me miró con tristeza en los ojos.
-Contestaré a todas tus preguntas, si vienes a comer conmigo.
Solté un gruñido por lo bajo, indignada. ¿Cómo se atrevía a chantajearme?
-Está bien, –dije forzosamente –pero ya puede estar rica la comida.

1 comentario:

Polilla dijo...

Me encanta... O.O
Te echo de menos!!!!!!!!!!!!!!!
Te dejo un premio en mi blog:
http://elcofredelasletras.blogspot.com/